Una opresión injustificada

Reportaje


“¡Qué bien hablas! ¿Eres de aquí?” Le dice una anciana a Salua mientras espera el bus en el intercambiador de Príncipe Pío. Salua no es la primera vez que debe contestar a este tipo de preguntas. Todo lo contrario, desde que decidió ponerse el velo no para de escucharlas, dice entre risas.

Salua Aoulad Amar es una joven española musulmana que vive en la capital de España. Como cualquier otra joven de la capital, Salua estudia por la mañana Ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica y por la tarde trabaja en una cafetería regentada por árabes, ya que necesita dinero para costearse los estudios y el alojamiento.

Desde que se puso el velo, la respuesta en las entrevistas de trabajo siempre fueron un “ya te llamaremos” o, incluso, “si quieres trabajar has de quitarte el velo”. La joven, de 24 años, no entiende por qué las distintas empresas a las que ha acudido en busca de trabajo le han puesto tantas trabas. “No comprendo por qué el hecho de llevar pañuelo va a determinar mi futuro laboral más que mis conocimientos, nunca antes esto me había ocurrido”, cuenta mientras se coloca correctamente el velo.

A diferencia de lo que piensa parte de la sociedad española, a Salua nadie le obligó a ponerse el velo, “me lo puse definitivamente con 18 años, justo cuando iba a empezar la universidad”, explica Salua. Sin embargo, admite que sí se vio obligada a quitárselo a los 17, cuando le pidieron expresamente en una entrevista de trabajo que se lo tendría que quitar para trabajar con ellos.

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Salua en un parque de Madrid.

El caso de Salua no es un caso aislado, muchas jóvenes musulmanas se ven “obligadas” a quitarse el velo por el mero hecho de sentirse excluidas. Un claro ejemplo es Badriya quien rechazó una oferta de trabajo en un restaurante porque le pedían quitarse el velo. Además, con el panorama actual, en el que todos los atentados terroristas se han atribuido a personas que decían ser musulmanas, el miedo a ser identificadas como parte de esa comunidad es todavía mayor.

Junto a Salua y Badriya, otras 400.000 mujeres practican el Islam en España. Están las que optan por llevar el velo y las que no. Este colectivo representa casi un cuarto del total de la población musulmana en España, compuesta casi por dos millones de personas; quienes nunca han estado faltos de prejuicios, que van desde que su fe promueve la violencia hasta que se trata de una religión machista, simplemente por el hecho de que la mujer lleva velo y el hombre no.

Si hay algo cierto es que casi siempre que se quiere hablar de desigualdad se recurre al mundo árabe, donde sí es visible esa desigualdad en algunos países de la región, como es el caso de Arabia Saudí, aunque esto no es norma general en el resto. En palabras de Wadi  N-Daghestani: “Habrá mujeres sometidas, ignorantes y oprimidas en el mundo árabe, es evidente. En realidad, por desgracia, las hay también en todas partes. Y duele por igual, os lo aseguro”.

Actualmente vivimos en una sociedad, en donde teóricamente la mujer y el hombre son tratados con igualdad, sin embargo en la práctica esto dista mucho de ser así. La desigualdad es un fenómeno global, la mujer sigue siendo considerada inferior al hombre, y esto lamentablemente se evidencia aún más en una mujer musulmana que utiliza velo, pues las desigualdades son todavía mucho más notorias. Se podría decir que en algunos casos las mujeres musulmanas sufren una doble desigualdad, pues incluso las mujeres occidentales en ocasiones las tratan como inferiores, oprimidas o ignorantes.

Aunque siempre se ha tenido la impresión de que las mujeres musulmanas estaban menos formadas que las occidentales, la feminista marroquí Fátima Mernissi (1940-2015) lo desmiente en su libro El harén en Occidente, donde relata, por ejemplo, cómo durante los años 90, el porcentaje de profesoras universitarias o en instituciones equivalentes en Egipto era mucho más elevado que en Francia o Canadá, países con un larga historia democrática.

Salua y Badriya anhelan un futuro distinto, en el que las generaciones futuras, en colaboración con las presentes, sean capaces de eliminar parte de los prejuicios ya existentes y que en muchas ocasiones se relegan a las sociedades costumbristas de los años 50.

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