El sultán de los instrumentos árabes

Reportaje


El laúd es el instrumento por excelencia de la música árabe. Su color tierra, su caja con una curva perfecta, el eco y su rasgueo cantarín hacen a esta pieza musical única. Al tratarse de un instrumento muy antiguo, este no ha parado de evolucionar hasta principios del siglo XX. Los primeros árabes que llegan a la Península y a Sicilia , introducen el laúd a Europa y a través de las diferentes cruzadas, la cultura árabe y el laúd se fueron extendiendo por Europa. Durante el siglo XVI, el laúd ya europeo, gozó de su máximo esplendor siendo cotizado y utilizado en las cortes del viejo continente. Fue el piano, comentado anteriormente junto con una nueva estructura musical (polifónica) lo que hizo que el laúd perdiera protagonismo.

Este instrumento siempre ha estado caracterizado por protagonizar grandes historias, leyendas, que tienen que ver con el misticismo y el islam. Una de ellas, la de uno de los mejores laudistas de la historia, el iraquí apodado como Ziryab:

Allá por el siglo IX, en Irak, un hombre multifacético, Abu l-Hasan Ali ibn Nafi`, tenía entre otras virtudes el de la música. Abu tenía por costumbre pararse a divisar el cielo cada noche. Creía que ese sería el camino para mejorar la música que salía del laúd de su viejo maestro Ishaq al-Mawsulí.  Un día cualquiera, Abu detectó que un mirlo negro se detuvo en el alféizar de su ventana y comenzó a cantar. Su sonido cautivó a Abu y éste echó mano de su instrumento para cantar al pequeño ave, pero el mirlo negro salió volando. Esto indignó al músico que no comprendía por qué sus notas no gustaron al pájaro.

Poco después, Abu tendría otro hecho inusual en ese mismo día. Tras la comida, comenzó a sestear y su mente le condujo a un profundo sueño que tenía que ver con la muerte de un águila, cuyo corazón había sido atravesado en dos mitades por una flecha de oro, dejando un gran reguero de sangre que circulaba hasta Bagdad.

Tras despertar, el virtuoso hombre no dudó en ponerse en marcha hacia la capital para ponerse en contacto con el Califa Harum Al-Rashid. Abu, gracias a aquel revelador sueño, había tenido la idea de cambiar su instrumento de forma que su sonido fuese absolutamente asombroso. Así quería desmostrárselo al Califa, que quedó prendado por la belleza de las notas de aquel laúd. Abu había añadido una quinta cuerda de color rojo, similar a la sangre del águila que había vislumbrado en su sueño.

Jardin_de_Ziryab
El laúd, pieza fundamental en la cultura musical

Absolutamente prendado, Al-Rashid que apodó a Abu como Ziryab (mirlo negro), le encomendó la misión de visitar a su hermano, el emir Al-Hakam, que se hallaba enfermo en la lejana ciudad de Córdoba. Allí se dirigió Ziryab para llevar su música al hermano del Califa, con la esperanza de sanarle.

Lamentablemente, cuando Abú llegó a Córdoba ya sería demasiado tarde, pues el Emir ya había muerto. Pese a aquella mala noticia, la suerte sonrió a Ziryab en Córdoba quien triunfó con su música y se hizo tremendamente conocido como uno de los mejores laudistas de la historia, además de cambiar la fisionomía del instrumento para siempre. Desde entonces, el laúd clásico siempre ha conservado su número de cuerdas, como característica principal y ha manteniendo los rasgos fundamentales en tono y forma.

De este modo y viajando hasta nuestro siglo, ¿dónde ha quedado la figura del laúd en la actualidad? ¿Qué variedades hay? Hoy en día se utilizan tres clases de laudes: Al-ûud (árabe), Lute (turco), Leuto o Barbat (iraní). El laúd árabe de 11 o 12 cuerdas con una longitud de cuerda de 59 hasta 62 cm; el laúd turco es de dimensiones más pequeñas bajando su longitud de cuerda hasta los 58-59 cm: por último se encuentra el laúd iraní, siendo el más menudo de todos con una longitud de cuerda de 47 a 55 cm creando el sonido más brillante pero sin la profundidad de sonido que caracteriza al resto.

Pero sin duda, si hay una historia que ayude a entender el singular origen de este instrumento es la ya conocida “Leyenda de Lamek, padre del laúd”. Según cuenta al morir su hijo, Lamek (hijo de Caín, descendiente de Adán) decidió colgar el cuerpo de su hijo a un árbol. Al secarse el cuerpo de su primogénito, el viento huracanado generaba unos sonidos al rozar sus restos mortales. De esta manera, Lamek quiso esculpir lo que sus ojos estaban vislumbrando en aquel momento, por lo que, con una pinza de madera cubierta de piel y unas cuerdas diseñó un instrumento que comenzó a tocar en señal de llanto a la muerte de su hijo.

De este modo, Lamek fue el creador del primer laúd, un instrumento fruto del triste sentimiento que supone la pérdida de un ser querido, pero también, lo hizo para recordar todos los momentos de  felicidad vividos por ambos.

En contraposición a esta leyenda, actualmente varios historiadores sostienen que el laúd más antiguo se sitúa en Mesopotamia entre los años 2350-2170 A.C., época de Akkad, donde se descubrieron en la ciudad siria de Jarablus, unos grabados donde se intuían a músicos tocando el laúd. Como todo pedazo valioso de la cultura, en este caso de la música, ha acompañado a distintas generaciones durante su evolución, cima y desaparición. Un ejemplo puede ser tanto la egipcia como la persa. Durante la historia islámica intelectuales y poetas, redactaron sobre el laúd haciéndolo el instrumento más documentado de los países arabo musulmanes.

De este modo y viajando hasta nuestro siglo, ¿dónde ha quedado la figura del laúd en la actualidad? Hoy en día, este instrumento ha ido perdiendo importancia en contraste a otros instrumentos de cuerda. Aún así, el laúd ha sido utilizado por músicos notables y de gran envergadura como Sting, Konrad Ragossnig o Hames Bitar, siendo este último uno de los laudistas más prestigiosos del momento.

 

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